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¿El fin de la infancia?

La infancia es una etapa que marca el resto de la vida de una persona. Uno de los grandes logros de las sociedades desarrolladas es preservar a los niños y niñas de las complicaciones y dificultades del mundo adulto, como, por ejemplo, evitar que trabajen o eximirlos de ciertas obligaciones y responsabilidades.

La infancia sería esa etapa de la vida en la que el tiempo transcurre de manera pausada, pero en constante movimiento; un tiempo que permite a los niños entender lo que significa hacerse mayores, explorar sus límites a través del juego, ensayar, equivocarse, hacerse preguntas y dejar que el aburrimiento actúe como fuerza creadora.

En cambio, hoy en día estamos asistiendo a la progresiva eliminación de esta manera de pensar y vivir la infancia. La enorme proliferación de dispositivos tecnológicos ofrecidos por el mercado —móviles, tabletas, ordenadores, consolas…— apenas deja lugar a ese tiempo pausado y de conexión física con sus iguales que les permite conocerse a sí mismos y encontrar soluciones a los conflictos relacionales. Tampoco los mantiene alejados del mundo de los adultos, ya que a través de estos dispositivos pueden acceder a contenidos para los que no están preparados.

Igualmente, la implacable ley del mercado, basada en la productividad y que no tiene en cuenta ningún límite, nos empuja hacia un ideal de rendimiento que excluye cualquier tipo de espera o imperfección. En esta lógica vemos a tantos niños y niñas con una agenda cargada de actividades, que empiezan a competir en el deporte, que se marchan un curso escolar a otro país para aprender un idioma a edades cada vez más tempranas o que, apenas siendo adolescentes, tienen que saber cuál es la profesión a la que quieren dedicarse durante el resto de su vida.

Esto supone invadir la infancia con el modelo adulto en el que estamos inmersos y borrar la barrera que hasta ahora los separaba.

¿Qué alternativa podemos ofrecer como sociedad?

Se trataría de reivindicar la infancia como un tiempo de construcción subjetiva, un tiempo que necesita una elaboración calmada, sin patologizar aquello que forma parte de las soluciones o construcciones que cada menor, de manera singular, va encontrando.

Patologizar sería nombrar como trastorno o déficit cualquier malestar o dificultad propios de la existencia humana, o cualquier mínima desviación de los estándares de perfección o exigencia. Su herramienta más efectiva es ponerle un nombre, una etiqueta a ese malestar o diferencia; es decir, un diagnóstico. De esta forma, asistimos a un incremento muy acusado de los diagnósticos en la infancia, lo que se llama sobrediagnóstico.

Además, esta tendencia conlleva un riesgo añadido: el borrado de la subjetividad. Es decir, el diagnóstico, que actúa como etiqueta, cobra una significación universal sin que se atienda a la singularidad del niño: a qué responde su síntoma o malestar, qué factores pueden estar interviniendo o qué dice él de lo que le pasa. Con esto no quiero decir que en el campo de la salud mental los diagnósticos no sean importantes, pues permiten orientar el tratamiento de una problemática determinada, sino que no debemos utilizar un diagnóstico —que implica la consideración de trastorno— para problemas o dificultades que no son una patología.

Por otra parte, una vez que la etiqueta se instala, es muy difícil quitarla. El niño queda identificado con ella, aun estando en un proceso evolutivo en constante transformación.

Para abordar la infancia desde otra perspectiva, tendríamos que replantearnos los ideales que transmitimos a los niños y niñas —productividad, exigencia, normalidad, rendimiento, tener éxito, ser felices…—, liberarlos un poco más de ellos y dejarles ese tiempo más libre y despreocupado que les permita afianzarse en una identidad propia y aceptada. Esa es la verdadera base para poder afrontar la vida adulta.

Jacinto Ruiz del Portal

Psicologo

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